martes, 7 de mayo de 2019

Antes de la boda

ANTES DE LA BODA

El alcohol y yo mantenemos un coqueteo constante. Quedamos muchas veces. Cortamos, volvemos a salir… Pero yo nunca he querido una relación estable. Aunque, ahora mismo, creo que lo necesito. URGENTE.
Me llamo Beatriz Giraldo, tengo 28 y me voy casar. Literalmente. Me estoy casando ahora mismo. Llevo un larguísimo y horrendo vestido blanco de los años 80 que no todavía no sé cómo pude pagar por él. Para disimular el temblor de mis manos, aguanto un ramo de flores blancas, que personalmente me recuerda a una coliflor, para que después de toda esta locura pueda cogerlo la próxima desgraciada. 
De verdad, no sé qué narices estoy haciendo. ¿Por qué le dije que sí? A ver, sí, le quiero, pero soy joven y a lo mejor mañana me levanto y digo: «Eh, ¿sabes qué? No quiero estar saliendo con un tío que no sabe dónde está Jaén. Quizás no quiero compartir mi juventud con un tío cuyo mayor éxito es saber deletrear la palabra “TÚ”». No sé, creo que todo esto ha sido muy precipitado. Me lancé a la piscina y todavía no recuerdo por qué. Creo que mi amigo Jagger me ayudó a olvidar aquel día.
Pero bueno, ya que estamos, vamos allá. Seguro que al final no me arrepiento de esto. Abro la puerta. Realmente no hay tanta gente como me habría imaginado. Miro a mi derecha. En la última fila están los familiares lejanos que por nada del mundo se perderían una ceremonia. Lo que más me fascina de ellos no es que el más joven me triplique la edad, no; lo que más me fascina es que no se hayan quitado ya un ojo con esos enormes sombreros que llevan. ¿Sé creen que están en la boda de la Duquesa de Alba o qué? Bueno, sigo andando. Ahora, tanto a mi izquierda como a mi derecha, tengo a los niños. Traducción: enanos de jardín que, sorprendentemente, tienen menos ganas de estar aquí que yo y que les pica y molesta más su apretada ropa de marca que una hemorroides en verano. Sus caras llenas de barro me animan un montón a seguir andando.
Bueno, ahora llego a la zona donde están mis tíos y los de Miguel. Como sé que sus regalos de boda no habrán llegado a los 100 euros (y tampoco sé cómo se llaman la mitad), aprovecho este tramo hacia el altar para ver cómo está mi futuro marido.
¡Por Dios, qué feo! ¿Se puede saber quién ha sido el iluminado que le ha dicho que está bien con ese traje? Parece un director de orquesta. Pero bueno, tampoco estoy yo como para hablar…
Ya me estoy acercando al altar y a mi izquierda tengo a mi familia. Joder, si llego a saber que tendrían que comerse este espectáculo bochornoso no les hubiera invitado. Aun así, todos me miran y me sonríen. Aunque realmente no sé si lo hacen porque se alegran por mi o porque ya me han desheredado y tocan a más a la hora de repartir. Antes de poder seguir, mi hermana me da la mano y me mira a los ojos. Este momento en una película sería muy tierno pero en la realidad esta mujer se está partiendo de risa pensando: ¿Qué haces?
Sigo. A mi derecha… ah ya, mis suegros. Me parecía oler a fracaso. Tampoco quiero verles mucho la cara así que les miro a todos rápido. Amelia, mi suegri, me hace reír. Me está mirando con cara de que en cualquier momento me va a sacar la navaja. ¿Sabes qué, Amelia? Estoy cachonda de miedo.
Y, por fin, paso a toda la chusma y solo me queda él. ÉL. No puedo. No estoy preparada. ¿Sabéis que en las pelis dicen que cuando estás a punto de morir te pasa toda la vida por delante? Pues a mí no me ha pasado. Lo que he podido recordar son todos los momentos en que era libre de verdad. En que no hacía falta que unos anillos me hicieran prisionera de una cosa llamada “matrimonio”.
Yo no quiero esto. Ahora no. A lo mejor Miguel no me vuelve a hablar en la vida pero yo tengo que hacer esto. Tal cual llego a las escaleritas del altar, me levanto el vestido para no pisarme y salgo corriendo. Ya lo he dicho, no soy una mujer de relaciones estables y ahora mismo soy alérgica al matrimonio. Lo siento. No sé adónde voy pero sé que, a casarme, no.
Cuando salgo fuera cojo aire, como harían en una película americana, y saco la petaca que llevaba escondida en las bragas y me voy.
 

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